sábado, 25 de julio de 2026

Querido Diego, te abraza Quiela de Elena Poniatowska




«Todos los días esperábamos a amigos que regresaban del frente. Y fue entonces cuando noté que tenías le mal du pays, volteabas los ojos hacia el sol pálido y recordabas otro, en el fondo ya querías irte. Estabas harto. Europa y su frío y su gran guerra y las tropas regresando enlodadas arrastrando sus haberes y la muerte de Apollinaire irreconocible y con la cabeza vendada, con una esquirla en el cráneo, todo te había asqueado. Era hora de irte. Lo único que quizá te hubiera retenido era tu hijo y él yacía bajo la nieve. Yo hubiera zarpado contigo, pero no había dinero más que para un solo boleto. Ya no recibía mi pensión de San Petersburgo; todo lo interrumpió la guerra; en el fondo la guerra rompió tu lazo con Francia y nuestro hijo al morir, conmigo. Lo presentí, Diego, y lo acepté. Creí firmemente que te alcanzaría después, que estos diez años de vida en común no habían sido en vano, después de todo fui tu esposa y estoy segura de que me amaste.»

 

Silencio. Esta obra es silencio. El silencio de Diego. El pintor, la montaña. El imposible Diego Rivera. Es su olvido: la mujer que dejó en París. Decidió volver a México sin mirar atrás. Dejó a Quiela, con un hijo muerto y una inconmensurable soledad. Quiela es Angelina Beloff. Rusa y pintora, y muy buena. Quiela escribe. Le habla a Diego en medio de su invierno. Le manda cartas y pan duro y resistencia. Le pide algo, humo, palabras, lo que sea, mientras su espíritu se convierte en ilusión. Diego dejó mujeres por todos lados, en todos sus lienzos. Aunque solo tuviera ojos para él.

 

Margarita Díaz de León Ibarra – Literatura EnEspiral

 

El mundo de ayer: Memorias de un europeo de Stefan Zweig




«Después de comer pasamos al estudio. Era una sala enorme que reunía copias de sus obras más importantes, pero en medio había centenares de preciosos estudios de detalle: una mano, un brazo, una crin de caballo, una oreja de mujer; la mayoría sólo en yeso. Todavía hoy recuerdo con precisión muchos de aquellos esbozos, que Rodin había plasmado como meros ejercicios, y podría hablar de ellos durante horas. Finalmente, el maestro me condujo a un pedestal cubierto por unos trapos humedecidos que escondían su última obra, un retrato de mujer. Con sus pesadas y arrugadas manos de labriego retiró los trapos y retrocedió unos pasos. Sin querer, se escapó de mi pecho oprimido un grito de «admirable» y al acto me arrepentí de una reacción tan banal. Pero él, con una objetividad tranquila en la que no habría sido posible descubrir ni un asomo de vanidad, contemplando su obra, dijo en voz baja a modo de aprobación: -N'est-ce pas? -luego dudó-. Sólo aquí, en el hombro... ¡Un momento! Se quitó el batín, lo echó al suelo, se puso la bata blanca, cogió una espátula y con trazo magistral alisó la blanda piel femenina del hombro, que respiraba como si estuviera viva.»

 

Adoro a Zweig. Solo a él se le ocurriría escribir sus recuerdos europeos estando en el exilio, y dedicar más páginas a hablar de otros que de sí mismo. Pero le importaba el arte de los demás. El mundo solo tenía sentido en las conversaciones, en los rostros, los gestos. Europa no era un continente, ni listado de países ni ciudades ni fronteras. Europa era la gente. La gente que él conocía y admiraba. Europa eran sus amigos. Y voy a cambiar el género, porque no habla de amigas. Pero, supongamos… ¿Quién no hubiera querido ser su amiga? Yo estaría entre ellas. Caminar en su Viena. Subir las escaleras hasta llegar a su casa en Salzburgo en la colina. Tener miedo de Hitler. Añorar la Austria de los Habsburgo. Hablar con Rilke y Hofmannsthal. Conocer a Rodin en París. En Bruselas a Emilie Verhaeren. Quedar fija en los ojos de William Blake, que me ha acompañado toda la vida, y muchos años después. Y llegar al último. Y quedarme ahí. En Londres. Porque he huido de todo, hasta llegar al viejo. Llego. He llegado. Al infatigable Freud.

Margarita Díaz de León Ibarra – Literatura EnEspiral

 

Un cuarto propio de Virginia Woolf




«Ciertamente, era un placer volver a leer la escritura de un hombre. Era tan directa, tan sencilla, comparada con la escritura femenina. Denotaba tanta libertad de espíritu, tanta libertad personal, tanta confianza en sí mismo. Una tenía una sensación de bienestar físico ante esta mente libre, bien alimentada, instruida, que no habían boicoteado ni contrariado, sino que había gozado de plena libertad desde su nacimiento para expandirse como quisiera. Todo esto era admirable. Pero después de leer uno o dos capítulos, una sombra pareció atravesar la página. Era una sombra oscura que formaba la palabra «yo». Empecé a esquivarla hacia un lado y hacia otro para entrever el paisaje que había detrás. No estaba muy segura de si había un árbol o una mujer caminando. Se interponía siempre la palabra «yo». Empecé a cansarme del «yo». No obstante, este «yo» era un «yo» de lo más respetable; honesto y lógico; duro como una nuez y pulido durante siglos por la buena educación y la buena alimentación. Respeto y admiro a ese «yo» con todo el corazón, pero —pasé una o dos páginas, buscando alguna cosa u otra— lo peor de todo es que, a la sombra de la palabra «yo», todo es amorfo como la niebla. ¿Es un árbol? No, es una mujer. Pero… no tiene ni un hueso en el cuerpo —pensé, mirando a Phoebe, porque así se llamaba, que caminaba por la playa—. Entonces Alan se levantó y de golpe su sombra cubrió a Phoebe. Porque Alan tenía sus opiniones y Phoebe se ahogaba en ese río de opiniones.»

 

Ah, la maravillosa mente andrógina de Virginia Woolf analiza, en 1929, las circunstancias alrededor de la literatura y las mujeres. Poco le gustan esos libros llenos de quejas y anhelos, escritos por mujeres antes confinadas, sin dinero y sin cuarto propio. Porque solo en libertad, la mente (para Virginia una donde se puede ser hombre y mujer al mismo tiempo) es capaz de admirar las cosas en sí mismas. «Escribir lo que uno quiere escribir», dice, «es lo único que importa». Y largo ha sido el camino de nosotras las mujeres para llegar hasta eso.

97 años de Un cuarto propio, de Virginia Woolf.

Margarita Díaz de León Ibarra - Literatura EnEspiral


 

Querido Diego, te abraza Quiela de Elena Poniatowska

«Todos los días esperábamos a amigos que regresaban del frente. Y fue entonces cuando noté que tenías le mal du pays, volteabas los ojos hac...