«Todos los días
esperábamos a amigos que regresaban del frente. Y fue entonces cuando noté que
tenías le mal du pays, volteabas los ojos hacia el sol pálido y recordabas
otro, en el fondo ya querías irte. Estabas harto. Europa y su frío y su gran
guerra y las tropas regresando enlodadas arrastrando sus haberes y la muerte de
Apollinaire irreconocible y con la cabeza vendada, con una esquirla en el
cráneo, todo te había asqueado. Era hora de irte. Lo único que quizá te hubiera
retenido era tu hijo y él yacía bajo la nieve. Yo hubiera zarpado contigo, pero
no había dinero más que para un solo boleto. Ya no recibía mi pensión de San
Petersburgo; todo lo interrumpió la guerra; en el fondo la guerra rompió tu
lazo con Francia y nuestro hijo al morir, conmigo. Lo presentí, Diego, y lo
acepté. Creí firmemente que te alcanzaría después, que estos diez años de vida
en común no habían sido en vano, después de todo fui tu esposa y estoy segura
de que me amaste.»
Silencio.
Esta obra es silencio. El silencio de Diego. El pintor, la montaña. El
imposible Diego Rivera. Es su olvido: la mujer que dejó en París. Decidió volver
a México sin mirar atrás. Dejó a Quiela, con un hijo muerto y una
inconmensurable soledad. Quiela es Angelina Beloff. Rusa y pintora, y muy buena.
Quiela escribe. Le habla a Diego en medio de su invierno. Le manda cartas y pan
duro y resistencia. Le pide algo, humo, palabras, lo que sea, mientras su
espíritu se convierte en ilusión. Diego dejó mujeres por todos lados, en todos
sus lienzos. Aunque solo tuviera ojos para él.
Margarita
Díaz de León Ibarra – Literatura EnEspiral


