«Después de comer pasamos al estudio.
Era una sala enorme que reunía copias de sus obras más importantes, pero en
medio había centenares de preciosos estudios de detalle: una mano, un brazo,
una crin de caballo, una oreja de mujer; la mayoría sólo en yeso. Todavía hoy
recuerdo con precisión muchos de aquellos esbozos, que Rodin había plasmado
como meros ejercicios, y podría hablar de ellos durante horas. Finalmente, el
maestro me condujo a un pedestal cubierto por unos trapos humedecidos que
escondían su última obra, un retrato de mujer. Con sus pesadas y arrugadas
manos de labriego retiró los trapos y retrocedió unos pasos. Sin querer, se
escapó de mi pecho oprimido un grito de «admirable» y al acto me arrepentí de
una reacción tan banal. Pero él, con una objetividad tranquila en la que no
habría sido posible descubrir ni un asomo de vanidad, contemplando su obra,
dijo en voz baja a modo de aprobación: -N'est-ce pas? -luego dudó-. Sólo aquí,
en el hombro... ¡Un momento! Se quitó el batín, lo echó al suelo, se puso la
bata blanca, cogió una espátula y con trazo magistral alisó la blanda piel
femenina del hombro, que respiraba como si estuviera viva.»
Adoro
a Zweig. Solo a él se le ocurriría escribir sus recuerdos europeos estando en
el exilio, y dedicar más páginas a hablar de otros que de sí mismo. Pero le importaba
el arte de los demás. El mundo solo tenía sentido en las conversaciones, en los
rostros, los gestos. Europa no era un continente, ni listado de países ni
ciudades ni fronteras. Europa era la gente. La gente que él conocía y admiraba.
Europa eran sus amigos. Y voy a cambiar el género, porque no habla de amigas.
Pero, supongamos… ¿Quién no hubiera querido ser su amiga? Yo estaría entre
ellas. Caminar en su Viena. Subir las escaleras hasta llegar a su casa en
Salzburgo en la colina. Tener miedo de Hitler. Añorar la Austria de los
Habsburgo. Hablar con Rilke y Hofmannsthal. Conocer a Rodin en París. En
Bruselas a Emilie Verhaeren. Quedar fija en los ojos de William Blake, que me
ha acompañado toda la vida, y muchos años después. Y llegar al último. Y
quedarme ahí. En Londres. Porque he huido de todo, hasta llegar al viejo. Llego.
He llegado. Al infatigable Freud.
Margarita Díaz de León Ibarra – Literatura EnEspiral
