«Ciertamente, era un placer volver a
leer la escritura de un hombre. Era tan directa, tan sencilla, comparada con la
escritura femenina. Denotaba tanta libertad de espíritu, tanta libertad
personal, tanta confianza en sí mismo. Una tenía una sensación de bienestar
físico ante esta mente libre, bien alimentada, instruida, que no habían
boicoteado ni contrariado, sino que había gozado de plena libertad desde su
nacimiento para expandirse como quisiera. Todo esto era admirable. Pero después
de leer uno o dos capítulos, una sombra pareció atravesar la página. Era una
sombra oscura que formaba la palabra «yo». Empecé a esquivarla hacia un lado y
hacia otro para entrever el paisaje que había detrás. No estaba muy segura de
si había un árbol o una mujer caminando. Se interponía siempre la palabra «yo».
Empecé a cansarme del «yo». No obstante, este «yo» era un «yo» de lo más
respetable; honesto y lógico; duro como una nuez y pulido durante siglos por la
buena educación y la buena alimentación. Respeto y admiro a ese «yo» con todo
el corazón, pero —pasé una o dos páginas, buscando alguna cosa u otra— lo peor
de todo es que, a la sombra de la palabra «yo», todo es amorfo como la niebla.
¿Es un árbol? No, es una mujer. Pero… no tiene ni un hueso en el cuerpo —pensé,
mirando a Phoebe, porque así se llamaba, que caminaba por la playa—. Entonces
Alan se levantó y de golpe su sombra cubrió a Phoebe. Porque Alan tenía sus
opiniones y Phoebe se ahogaba en ese río de opiniones.»
Ah,
la maravillosa mente andrógina de Virginia Woolf analiza, en 1929, las
circunstancias alrededor de la literatura y las mujeres. Poco le gustan esos
libros llenos de quejas y anhelos, escritos por mujeres antes confinadas, sin
dinero y sin cuarto propio. Porque solo en libertad, la mente (para Virginia
una donde se puede ser hombre y mujer al mismo tiempo) es capaz de admirar las
cosas en sí mismas. «Escribir lo que uno quiere escribir», dice, «es lo único que importa». Y largo ha sido el camino de nosotras las mujeres para llegar
hasta eso.
97 años de Un cuarto propio, de Virginia Woolf.
Margarita Díaz de León Ibarra - Literatura EnEspiral
