domingo, 30 de agosto de 2026

De Botín de Guerra a Voz Poética: Análisis de la Carta de Hipodamía a Aquiles en las Heroidas de Ovidio

 



La Ilíada de Homero es famosa por sus héroes, batallas épicas y dioses caprichosos. Sin embargo, en los márgenes de esa gran epopeya masculina quedaron las voces de las mujeres que sufrieron la guerra. Siglos después, el poeta romano Ovidio decidió hacer justicia literaria en su obra Las Heroidas.

En la Heroida III, Ovidio le da la palabra a Hipodamía (universalmente conocida como Briseida), la mujer que desató la famosa "ira de Aquiles". A continuación, desglosamos este profundo lamento epistolar para entender cómo un "premio de guerra" se convirtió en un sujeto con voz, voto y una desgarradora complejidad psicológica.

 

1. El Contexto: ¿Qué está pasando en el campamento griego?

Para entender la carta, no hace falta haber leído la Ilíada, pero sí conocer el tenso momento político del campamento sitiado en Troya:

  • ¿Quién es Hipodamía? Es una princesa cuya ciudad fue saqueada por Aquiles. El héroe mató a su esposo y hermanos, y la tomó como esclava y botín militar.
  • El conflicto de egos: Agamenón (el líder supremo) le arrebata a Briseida a Aquiles para demostrar su poder. Ofendido en su orgullo, Aquiles decide retirarse de la guerra y encerrarse en su tienda, dejando que los troyanos masacren a sus compañeros.
  • El momento de la carta: Desesperado por la derrota, Agamenón envía una embajada a Aquiles ofreciéndole riquezas infinitas y la devolución de Briseida si regresa a pelear. Aquiles rechaza la oferta y anuncia que prefiere volver a su patria. Briseida escribe esta carta desde su cautiverio en la tienda de Agamenón al enterarse de que su captor planea abandonarla.

 

2. Estructura y Progresión de la Carta

La epístola no es un simple llanto; es un discurso retórico perfectamente estructurado en cuatro bloques emocionales:

– Las marcas del dolor: Briseida se disculpa por su mala caligrafía. Explica que las manchas en el papiro no son errores, sino sus propias lágrimas:

 

Esta carta que lees va de aquella

Hipodamia, la sierva desdichada,

que envía a ti, ¡oh, Aquiles!, su querella.

 

Va ruda, indocta, tosca y mal limada,

que, como es mano bárbara la mía,

no es bien en griega letra ejercitada.

 

Si vieres manchas mientras te escribía,

mis lágrimas hicieron los borrones,

después de haber borrado mi alegría.

 

Y estas lágrimas que orlan mis renglones,

como se engendran en amor sincero,

hablan, y explican más que mil razones.

 

 

– La pasividad del héroe: Le reclama que se la entregó a los guardias de Agamenón sin oponer resistencia ni darle un beso de despedida. Desmiente el mito del "gran amor" de Aquiles exponiendo su indiferencia.

 

El ser al rey que me pidió entregada

no es culpa tuya: dioses lo ordenaron;

mas será tuya, si no soy tornada.

 

Euribate y Taltibio me llamaron,

y a los dos en custodia el primer día

el rey y mis desdichas me entregaron.

 

Y el uno al otro quedo se decía,

viendo tu remisión y mi esperanza:

«¿Dó está el amor que en estos dos ardía?».

 

Pude ser detenida, y la tardanza

fuera a la pena dulce y deleitosa;

pero, siendo en mi bien, nada se alcanza.

 

¡Ay de mí, triste y poco venturosa,

que al partirme perdí tanto los bríos

que un beso no te di de vergonzosa!

 

Pero vertí de lágrimas dos ríos,

arranqué los cabellos, que ya fueron

red a tus brazos, lazos a los míos.

 

Cuando al rey de tu casa me trajeron,

me pareció de nuevo ser robada

y que a nueva prisión me redujeron.

 

– El orgullo herido: Briseida descubre que Aquiles rechazó los regalos para recuperarla. Se da cuenta de que para él, el rencor contra Agamenón pesa más que el deseo de tenerla de vuelta.

 

Mas, ¡ay, oh, crudo amante, poco firme!

De ti no ha sido aquello recibido

que habías tú de dar por redimirme.

 

Aquiles, ¿por qué culpa he merecido

serte vil, y por tal menospreciada?

Tu antiguo amor ¿adónde se ha huido?

 

– La sumisión como supervivencia: En un giro trágico, le ruega que la lleve a Grecia. Le dice que no le importa ir como esposa; aceptará ser su sirvienta con tal de no ser abandonada a su suerte en una zona de guerra.

 

Si la tardanza se te hace larga,

y el volver a tu patria te contenta,

a tu navío no seré gran carga.

 

Llévame, y no me dejes en afrenta,

y seguirete, no como a marido,

mas como vencedor de un alma exenta…

 

No seré esclava inútil, que ya han sido

buenas mis manos, y seranlo agora

para curar las lanas que han tejido.

 

3. Temas Clave para una Interpretación Profunda

– La Subversión del Género Épico

En la épica tradicional, las mujeres son objetos intercambiables que miden el estatus del guerrero. Ovidio utiliza la etopeya (el ejercicio de ponerse en la piel del otro) para humanizar a Briseida. La guerra de Troya ya no se mide en gloria militar (kléos), sino en el trauma psicológico colateral de las víctimas.

– El Síndrome de Estocolmo de la Antigüedad

Un punto que suele impactar a los lectores modernos es que Briseida ame al hombre que destruyó a su familia. Ovidio lo retrata con un realismo psicológico brutal: al perder su patria, su hogar y sus lazos de sangre, Aquiles se convirtió en su única realidad y su única ancla en el mundo. Su amor no nace del romance, sino de la absoluta necesidad de supervivencia afectiva.

 

Los filos de tu espada vi sangrientos,

y a Lirneso mi patria, como a Marte,

rendírsete y mostrarte los cimientos.

 

De su rüina fui la mayor parte,

pues vi a mi padre y tres hermanos míos

rendidos a la muerte, a tu estandarte.

 

Vi a mi marido que en sangrientos ríos

(tal cual él era) revolcando el pecho,

perdió riqueza, esposa, vida y bríos.

 

Y aunque me viese en tan horrendo estrecho,

y con golpe tan duro y riguroso

fuese en un punto tanto bien deshecho,

 

con solo Aquiles me era muy copioso

reparo a tanto mal, pues te tenía

por hermano, señor, padre y esposo.

 

– Desmitificar la Masculinidad Heroica

Briseida ataca directamente el ego de Aquiles. Le reprocha que, mientras los griegos mueren en el campo de batalla, él se quede a salvo en su tienda tocando la lira y durmiendo. Cambia la imagen del guerrero invencible por la de un hombre caprichoso, inmaduro y rencoroso.

 

Los griegos piensan te has entristecido

porque me trajo el rey a su aposento,

y que mi amor te tiene embravecido;

 

y tú te estás alegre y muy contento

en el tierno regazo de tu dama,

movido de algún músico instrumento.

 

Si alguno preguntare por qué infama

Aquiles su opinión y no pelea,

olvidando la guerra por la cama,

 

dirán que la vihuela lo recrea,

y la noche le agrada con su oficio,

y en Venus y en amor y amar se emplea.

 

Más seguro es dormir y estar en vicio,

mejor tener la moza poco casta,

y el tañer y cantar por ejercicio,

 

que asir escudo y empuñar el asta,

y cubrir con el yelmo la cabeza,

y el pecho de virtud, que es lo que basta.

 

Mas a ti ya fue un tiempo que una pieza

de arnés, e ilustres hechos te agradaba,

más que cuanto a deleites se endereza.

 

La gloria que con armas se alcanzaba

te era dulce; mas presto te cansaste,

que nunca dura el bien, ni el mal se acaba.

 

Di, ¿por ventura, oh, Aquiles, aprobaste

el uso de las armas y la guerra,

solo mientras mi patria conquistaste?

 

– La Ironía Trágica

Ovidio juega con la complicidad del lector, que ya conoce el final de la historia. Briseida menciona en la carta a Patroclo (el mejor amigo de Aquiles), recordando que él le había prometido que algún día sería la esposa legítima del héroe. El lector sabe que Patroclo morirá poco después, y que será esa muerte —y no las súplicas de Briseida— la que obligará a Aquiles a volver a pelear. Su carta está trágicamente destinada al fracaso.

 

El gran Patroclo cuando me llevaron

al oído me dijo: «¿Por qué lloras?

Poco estarás aquí do te encerraron».

 

Siento pasar las horas voladoras

sin volver, y esto es poco; que más siento

dejes pasar sin verme tantas horas.

 

Tú procuras, ¡oh, Aquiles!, mi tormento;

estorbas no sea vuelta al que es mi esposo;

pues vete agora y busca tu contento.

 

5. Conclusión

La Heroida III es una de las piezas más conmovedoras de Ovidio porque saca a la literatura de las trincheras y la mete en la intimidad de las tiendas de campaña. Al darle pluma y voz a Hipodamía, el poeta transforma un botín de guerra en un sujeto histórico complejo, recordándonos que detrás de cada gran héroe clásico, siempre hubo una historia silenciada.

 

Mas yo te ruego que me des la vida

que ya me diste cuando victorioso

fuiste de mi linaje el homicida.

 

Que para hartar tu pecho sanguinoso

de Neptuno los muros eminentes

te darán pasto de hombres abundoso.

 

Del enemigo busca convenientes

ocasiones de muerte, que en tu amada

han de ser tus efectos diferentes.

 

Y agora quieras irte con la armada,

agora el esperar más te convenga,

siendo ante ti mi carta presentada,

manda como señor que a ti me venga.

 

Dra. Margarita Díaz de León Ibarra

*Imagen: "Briseida conducida a Agamenón" (Briseis Given up to Agamemnon), un fresco del año 1757 pintado por el maestro barroco italiano Giambattista Tiepolo.

 


De la épica homérica a la elegía ovidiana: La deconstrucción de Penélope en la Heroida I

 



Este texto analiza la transposición genérica operada por Ovidio en la Heroida I, examinando cómo el paso de la poesía épica de la Odisea al código elegíaco subvierte el mito clásico de Penélope. A través del estudio de la voz epistolar, el rol de Telémaco y la poética del abandono, se examina la transición del arquetipo heroico hacia una profunda humanización del sufrimiento femenino.

 

Por tanto, el análisis de la Heroida I (Penélope a Ulises) revela una de las mayores innovaciones de Ovidio: desmitificar la épica homérica tradicional para dar paso a la subjetividad elegíaca femenina. A través del formato epistolar, Ovidio subvierte el arquetipo de la "esposa paciente" y expone una realidad marcada por el trauma, el abandono y el resentimiento implícito. A continuación, se presenta un estudio de sus ejes temáticos, retóricos y estructurales:

 

1. La subversión genérica: De la Épica a la Elegía

El principal logro de Ovidio en las Heroidas es la transposición de personajes del plano épico (la Odisea) al código de la elegía amorosa latina.

  • El eclipse de la gloria: Para Penélope, la destrucción de Troya no es una hazaña heroica, sino una desgracia absurda que no justificaba tanto sufrimiento (“Ya cayó Troya, cierto; ya es hoy fuego / quien a las damas griegas era odiosa, / porque era impedimento a su sosiego. // Érales tan horrible y espantosa / que apenas fue su rey Príamo di[g]no / de tal rencor, ni de ira tan rabiosa.”).
  • Humanización del héroe: Ulises deja de ser el ingenioso astuto (polytropos) y se convierte en el lento (“Tu desdichada esposa, aunque constante, / Penélope, que espera y ha esperado / la vuelta de su esposo y dulce amante, // a ti, mi Ulises, lento y descuidado, / esta te envía; no te sea molesta / por ser de quien en Frigia has olvidado.”).  
  • El léxico del desamparo: Ovidio utiliza palabras clave del sufrimiento amoroso romano, como desdichada, desierto lecho, manos viudas, temor (viuda/sola), resignificando la espera heroica homérica como una tortura emocional cotidiana ovidiana.

 

2. El tejido de la angustia y la ironía dramática

La carta juega constantemente con la ironía dramática: el lector del siglo I a.C. (y el actual) conoce el paradero de Ulises (las diosas Circe y Calipso, los monstruos), pero Penélope lo ignora por completo.

  • Fantasías de peligro vs. Celos: Al principio de la carta, ella confiesa haber imaginado los peores peligros en el campo de batalla, empalideciendo ante el nombre de Héctor o llorando por Antíloco. Sin embargo, hacia el final, la incertidumbre muta en sospecha legítima: teme que Ulises esté cautivado por una amante extranjera, trivializándola a ella como una esposa rústica que solo sabe hilar lana. (Con este pensamiento, luego al punto / (según los hombres sois libidinosos) / que preso estás de nuevo amor, barrunto. // Y pienso que en los trances amorosos / dirás a tu querida (que de gana / escuchará tus dichos engañosos): // «Yo tengo en Grecia a mi mujer, que lana / y lino, como rústica, adereza». / Rústica sí seré, mas no liviana.).
  • El símbolo del telar: En Homero, el tejido es una estrategia de resistencia astuta. En Ovidio, la pendula tela (el telar colgante) se convierte en una metáfora del bucle temporal angustiante: una herramienta monótona para engañar a las horas de una noche eterna y vacía: No me quejara que mil siglos era / un día en esta ausencia, imaginando / que el sol se detenía en su carrera: // ni las manos vïudas macerando / tejiera esta mi tela, con que peno, / por ir las noches y horas engañando.

 

3. La deconstrucción del espacio heroico e Ítaca en ruinas

Mientras que la épica ensalza el regreso a la patria, Penélope describe una Ítaca asediada internamente por la degradación moral y económica.

  • El hogar parasitado: Los pretendientes (Antínoo, Eurímaco, Pisandro, etc.) no son solo rivales matrimoniales; son parásitos que devoran la hacienda y las riquezas que Ulises ganó con sangre: Gran copia de mancebos desde el Zante, / desde Samo y Dulcigno aquí han venido / con aparato y término arrogante. // Pretende cada cual ser mi marido, y todos, sin que nadie lo defienda, / tienen por casa tu paterno nido. // Disipan y destruyen tu hacienda / y tu riqueza, que es nuestras entrañas, / y nadie de ellos hay que no te ofenda. // ¿Qué te podré contar de las extrañas / maldades de Pisandro y de Polibo, / y de Medonte las infames mañas? // ¿Qué, del soberbio Antino, y del altivo / Erimaco, de mal seguras manos? / ¿Qué, de otra mucha gente que no escribo? // A los cuales, y a muchos más tiranos / que estos, mantienes por estar ausente, // sufriendo yo sus términos villanos. // Iro el mendigo, pobre y maldiciente, / y Melanto el glotón son los autores / de nuestro daño y libertad presente.
  • La trinidad de la debilidad: Penélope expone de forma descarnada la desprotección del reino a través de tres figuras incapaces de ejercer el poder político: un anciano que roza la muerte (Laertes), un niño amenazado (Telémaco) y ella misma, una mujer sin autoridad física en un mundo patriarcal. La súplica final despoja a Ulises de cualquier excusa: debe volver no por gloria, sino por mera responsabilidad familiar: Tres somos de tu parte defensores, / y todos tres sin fuerza y sin potencia, / contra tantos y tales amadores: // tu padre el uno, ya sin suficiencia; / el otro yo, que siento nuestros daños; / y Telémaco falto de experiencia. // Laertes, viejo, flaco, lleno de años; / yo, mujer; y Telémaco, pequeño, / a quien tengo perdido por engaños.

 

4. Recursos retóricos dominantes

Como alumno destacado de las escuelas de retórica de Roma, Ovidio dota a Penélope de una argumentación impecable:

  • El imperativo inicial: Si del antiguo amor algo te resta, / no me respondas, ven tú mismo luego; / a ti, mi señor, quiero por respuesta. Este imperativo inicial establece una exigencia física inmediata. Rechaza cualquier respuesta escrita para romper la distancia del medio epistolar.
  • Lo emocional transferido: Describe una actitud pasada y perdida: En un tiempo eras cauto, y no ligero / en los peligros, y era que me amabas; / mas ya de amante te has mudado en fiero. Proyecta su estado emocional de urgencia: Ven tú presto, y castiga estos traidores, / tú que eres puerto y viento deseado / de quien gozar espera tus favores. // Un hijo tienes, justo es que industriado / quede en la juventud tierna y florida / en las artes que al mundo has enseñado. // Tu padre está en lo extremo de su vida / y quiere que en su hora postrimera / sus ojos cierres por la despedida. // Yo, que gozaba fresca primavera / cuando partiste, y la madeja de oro / en mis cabellos se mostraba entera, // perdido hallarás aquel decoro / de mi belleza antigua, y vuelto en plata, / que ya acabó tu ausencia este tesoro, / y el veloz tiempo todo lo maltrata.
  • Preguntas retóricas: Utilizadas para confrontar la ausencia del ser amado y escenificar la desesperación ante el silencio del receptor: Pero ¿qué me aprovecha que por tierra / hayan echado al Ilión vuestros brazos, / donde el valor de Marte está y se encierra? / ¿Qué me aprovecha ver los embarazos / de Troya concluidos, y su gente / muerta, y sus muros hechos ya pedazos, // si quedo yo tan sola, tan ausente, / como durando Troya, y sin marido / viuda he de vivir eternamente?

 

Homero (La Odisea)                                               

• Enfoque en la acción/viaje 

• Penélope como modelo de virtud

• El telar es un arma estratégica

• Justificación de la guerra (gloria)

 

Ovidio (Heroidas I)

• Enfoque en la parálisis de la espera

• Penélope doliente, irónica y celosa

• El telar es una condena temporal

• Crítica a la guerra (daño colateral)

 

5. El rol de Telémaco: De heredero heroico a mensajero de la frustración

Para entender este personaje hay que imaginarlo como un joven de unos 20 años que ha crecido sin padre, viendo cómo unos hombres extraños (los pretendientes) se instalan en su casa, se comen su ganado y presionan a su madre.

A. En la Odisea de Homero: El viaje de maduración (La Telemaquia)

  • El hijo que busca al héroe: En la obra original, Telémaco emprende un viaje para buscar noticias de su padre. Este viaje le sirve para madurar, pasar de niño a hombre y aprender a ser un gobernante.
  • El aliado militar: Cuando Ulises regresa, Telémaco se une a él inmediatamente. Juntos, como padre e hijo, luchan codo a codo para matar a los pretendientes y recuperar el control de la casa. Es una historia de complicidad masculina y restauración del honor familiar.

B. En las Heroidas de Ovidio: El intermediario frustrado

Ovidio cambia por completo este enfoque heroico y nos muestra el costo psicológico para el joven y la manipulación materna:

  • El mensajero de la desesperación: Penélope confiesa en la carta que envió a Telémaco a buscar a su padre. Sin embargo, en lugar de verlo como una hazaña de madurez, Ovidio lo retrata como un acto de desesperación de Penélope, quien usa a su propio hijo como un mensajero para rastrear al esposo ausente: Estos sucesos, y otros olvidados, / los supe de Telémaco mi hijo, / que en parte dan alivio a mis cuidados. // El sabio Néstor, dice, se los dijo, / cuando te fue a buscar, a mí volviendo / sin ti, y con nuevas con que más me aflijo. // Mas me contó que a Reso muerto habiendo / y a Dolone, triunfaste en darles muerte, / por ser a aquel con fraude, a este durmiendo. // Y que tu ardid y audacia fue de suerte / (oh, padre del descuido y del olvido), / que bien se echó de ver tu pecho fuerte. // Pues en el Tracio campo entremetido / de noche, y con un solo compañero, / lo dejaste (cual rayo) destruido.
  • Víctima de la debilidad familiar: Penélope describe a Telémaco como parte de una “trinidad de la debilidad” en Ítaca (un abuelo anciano, una madre indefensa y un hijo demasiado joven). Ella narra con terror cómo los pretendientes casi lo emboscan y matan en el mar, quejándose de que la ausencia de Ulises pone en peligro mortal la vida de su heredero.
  • La carga emocional: Telémaco no regresa a casa como un héroe victorioso, sino como el portador de malas noticias. Vuelve al palacio a reportar el silencio y el vacío, convirtiéndose en el espejo donde se refleja la frustración y la impotencia de su madre.

 

6. El marchitamiento del tiempo

El cierre de la epístola condensa la tragedia del tiempo perdido. Penélope le advierte a Ulises que, aunque regrese de inmediato, ya no encontrará a la joven que dejó: el llanto prolongado y la vejez han marchitado su juventud. Con esto, Ovidio desmonta el final feliz mítico y nos recuerda que, en la experiencia humana del abandono, el tiempo transcurrido es una herida irreversible.

 

Dra. Margarita Díaz de León Ibarra

 

*Imagen: La despierta Penélope espera el regreso de Ulises, 1877.

Creador: Eduard Julius Friedrich Bendemann

 



sábado, 25 de julio de 2026

Querido Diego, te abraza Quiela de Elena Poniatowska




«Todos los días esperábamos a amigos que regresaban del frente. Y fue entonces cuando noté que tenías le mal du pays, volteabas los ojos hacia el sol pálido y recordabas otro, en el fondo ya querías irte. Estabas harto. Europa y su frío y su gran guerra y las tropas regresando enlodadas arrastrando sus haberes y la muerte de Apollinaire irreconocible y con la cabeza vendada, con una esquirla en el cráneo, todo te había asqueado. Era hora de irte. Lo único que quizá te hubiera retenido era tu hijo y él yacía bajo la nieve. Yo hubiera zarpado contigo, pero no había dinero más que para un solo boleto. Ya no recibía mi pensión de San Petersburgo; todo lo interrumpió la guerra; en el fondo la guerra rompió tu lazo con Francia y nuestro hijo al morir, conmigo. Lo presentí, Diego, y lo acepté. Creí firmemente que te alcanzaría después, que estos diez años de vida en común no habían sido en vano, después de todo fui tu esposa y estoy segura de que me amaste.»

 

Silencio. Esta obra es silencio. El silencio de Diego. El pintor, la montaña. El imposible Diego Rivera. Es su olvido: la mujer que dejó en París. Decidió volver a México sin mirar atrás. Dejó a Quiela, con un hijo muerto y una inconmensurable soledad. Quiela es Angelina Beloff. Rusa y pintora, y muy buena. Quiela escribe. Le habla a Diego en medio de su invierno. Le manda cartas y pan duro y resistencia. Le pide algo, humo, palabras, lo que sea, mientras su espíritu se convierte en ilusión. Diego dejó mujeres por todos lados, en todos sus lienzos. Aunque solo tuviera ojos para él.

 

Margarita Díaz de León Ibarra – Literatura EnEspiral

 

El mundo de ayer: Memorias de un europeo de Stefan Zweig




«Después de comer pasamos al estudio. Era una sala enorme que reunía copias de sus obras más importantes, pero en medio había centenares de preciosos estudios de detalle: una mano, un brazo, una crin de caballo, una oreja de mujer; la mayoría sólo en yeso. Todavía hoy recuerdo con precisión muchos de aquellos esbozos, que Rodin había plasmado como meros ejercicios, y podría hablar de ellos durante horas. Finalmente, el maestro me condujo a un pedestal cubierto por unos trapos humedecidos que escondían su última obra, un retrato de mujer. Con sus pesadas y arrugadas manos de labriego retiró los trapos y retrocedió unos pasos. Sin querer, se escapó de mi pecho oprimido un grito de «admirable» y al acto me arrepentí de una reacción tan banal. Pero él, con una objetividad tranquila en la que no habría sido posible descubrir ni un asomo de vanidad, contemplando su obra, dijo en voz baja a modo de aprobación: -N'est-ce pas? -luego dudó-. Sólo aquí, en el hombro... ¡Un momento! Se quitó el batín, lo echó al suelo, se puso la bata blanca, cogió una espátula y con trazo magistral alisó la blanda piel femenina del hombro, que respiraba como si estuviera viva.»

 

Adoro a Zweig. Solo a él se le ocurriría escribir sus recuerdos europeos estando en el exilio, y dedicar más páginas a hablar de otros que de sí mismo. Pero le importaba el arte de los demás. El mundo solo tenía sentido en las conversaciones, en los rostros, los gestos. Europa no era un continente, ni listado de países ni ciudades ni fronteras. Europa era la gente. La gente que él conocía y admiraba. Europa eran sus amigos. Y voy a cambiar el género, porque no habla de amigas. Pero, supongamos… ¿Quién no hubiera querido ser su amiga? Yo estaría entre ellas. Caminar en su Viena. Subir las escaleras hasta llegar a su casa en Salzburgo en la colina. Tener miedo de Hitler. Añorar la Austria de los Habsburgo. Hablar con Rilke y Hofmannsthal. Conocer a Rodin en París. En Bruselas a Emilie Verhaeren. Quedar fija en los ojos de William Blake, que me ha acompañado toda la vida, y muchos años después. Y llegar al último. Y quedarme ahí. En Londres. Porque he huido de todo, hasta llegar al viejo. Llego. He llegado. Al infatigable Freud.

Margarita Díaz de León Ibarra – Literatura EnEspiral

 

Un cuarto propio de Virginia Woolf




«Ciertamente, era un placer volver a leer la escritura de un hombre. Era tan directa, tan sencilla, comparada con la escritura femenina. Denotaba tanta libertad de espíritu, tanta libertad personal, tanta confianza en sí mismo. Una tenía una sensación de bienestar físico ante esta mente libre, bien alimentada, instruida, que no habían boicoteado ni contrariado, sino que había gozado de plena libertad desde su nacimiento para expandirse como quisiera. Todo esto era admirable. Pero después de leer uno o dos capítulos, una sombra pareció atravesar la página. Era una sombra oscura que formaba la palabra «yo». Empecé a esquivarla hacia un lado y hacia otro para entrever el paisaje que había detrás. No estaba muy segura de si había un árbol o una mujer caminando. Se interponía siempre la palabra «yo». Empecé a cansarme del «yo». No obstante, este «yo» era un «yo» de lo más respetable; honesto y lógico; duro como una nuez y pulido durante siglos por la buena educación y la buena alimentación. Respeto y admiro a ese «yo» con todo el corazón, pero —pasé una o dos páginas, buscando alguna cosa u otra— lo peor de todo es que, a la sombra de la palabra «yo», todo es amorfo como la niebla. ¿Es un árbol? No, es una mujer. Pero… no tiene ni un hueso en el cuerpo —pensé, mirando a Phoebe, porque así se llamaba, que caminaba por la playa—. Entonces Alan se levantó y de golpe su sombra cubrió a Phoebe. Porque Alan tenía sus opiniones y Phoebe se ahogaba en ese río de opiniones.»

 

Ah, la maravillosa mente andrógina de Virginia Woolf analiza, en 1929, las circunstancias alrededor de la literatura y las mujeres. Poco le gustan esos libros llenos de quejas y anhelos, escritos por mujeres antes confinadas, sin dinero y sin cuarto propio. Porque solo en libertad, la mente (para Virginia una donde se puede ser hombre y mujer al mismo tiempo) es capaz de admirar las cosas en sí mismas. «Escribir lo que uno quiere escribir», dice, «es lo único que importa». Y largo ha sido el camino de nosotras las mujeres para llegar hasta eso.

97 años de Un cuarto propio, de Virginia Woolf.

Margarita Díaz de León Ibarra - Literatura EnEspiral


 

lunes, 22 de abril de 2024

Día Internacional del Libro: Idea Vilariño

 

“Poemas de amor”, de Idea Vilariño, es un poemario publicado en 1957. Los poemas ahí integrados lindan con su “Nocturnos” anterior, hondos espacios interiores, mensajes convertidos en ecos.

 

Un poemario que delata la experiencia más terrible y aniquiladora. Rompe, con su voz activa, el estereotipo tradicional de la poesía femenina. Una voz de mujer crea una experiencia que cualquiera puede hacer suya. El amor y el desamor, en el más absoluto desnudamiento

arranca del lector, cualquiera que sea su género, un gemido de mujer.

 

A ese poemario, que estuvo dedicado a Juan Carlos Onetti y después ya no, pertenece el poema “Ya no”:

 

Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

 

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

 

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

 

No volverá a tocarte.

 

No te veré morir.

 

Idea Vilariño es la poeta del decir certero en testimonios que dan cuenta de una de sus obsesiones: el amor como muerte. La negación de la esperanza integra, quizá, todas sus palabras.

 

¿Por qué se nos vuelve necesaria y permanente su lectura? Su poesía reúne mensaje y forma de expresión. Sus obsesiones son constantes en el individuo de todos los tiempos. Sus preocupaciones políticas o sociales son el día a día en nuestra Latinoamérica. Su desesperanza es razonable.

 

Idea Vilariño en cada verso, poema y lectura, renueva la palabra, la pureza de la imagen, la perfección rítmica.

 

Junto a ella surgieron, y surgen constantemente, otras voces femeninas impactantes y abisales en nuestra América Latina, que va volcándose sobre sí misma para conocerse.

 

Podcast de Literatura EnEspiral sobre Idea Vilariño:

https://www.youtube.com/watch?v=xnZEH_ywuHY





 

 

 

De Botín de Guerra a Voz Poética: Análisis de la Carta de Hipodamía a Aquiles en las Heroidas de Ovidio

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