La Ilíada
de Homero es famosa por sus héroes, batallas épicas y dioses caprichosos. Sin
embargo, en los márgenes de esa gran epopeya masculina quedaron las voces de
las mujeres que sufrieron la guerra. Siglos después, el poeta romano Ovidio
decidió hacer justicia literaria en su obra Las Heroidas.
En la
Heroida III, Ovidio le da la palabra a Hipodamía (universalmente
conocida como Briseida), la mujer que desató la famosa "ira de
Aquiles". A continuación, desglosamos este profundo lamento epistolar para
entender cómo un "premio de guerra" se convirtió en un sujeto con
voz, voto y una desgarradora complejidad psicológica.
1. El
Contexto: ¿Qué está pasando en el campamento griego?
Para
entender la carta, no hace falta haber leído la Ilíada, pero sí conocer
el tenso momento político del campamento sitiado en Troya:
- ¿Quién es Hipodamía? Es una princesa cuya ciudad fue
saqueada por Aquiles. El héroe mató a su esposo y hermanos, y la tomó como
esclava y botín militar.
- El conflicto de egos: Agamenón (el líder supremo) le
arrebata a Briseida a Aquiles para demostrar su poder. Ofendido en su
orgullo, Aquiles decide retirarse de la guerra y encerrarse en su tienda,
dejando que los troyanos masacren a sus compañeros.
- El momento de la carta: Desesperado por la derrota,
Agamenón envía una embajada a Aquiles ofreciéndole riquezas infinitas y la
devolución de Briseida si regresa a pelear. Aquiles rechaza la oferta y
anuncia que prefiere volver a su patria. Briseida escribe esta carta
desde su cautiverio en la tienda de Agamenón al enterarse de que su captor
planea abandonarla.
2. Estructura
y Progresión de la Carta
La
epístola no es un simple llanto; es un discurso retórico perfectamente
estructurado en cuatro bloques emocionales:
–
Las marcas del dolor:
Briseida se disculpa por su mala caligrafía. Explica que las manchas en el
papiro no son errores, sino sus propias lágrimas:
Esta
carta que lees va de aquella
Hipodamia,
la sierva desdichada,
que
envía a ti, ¡oh, Aquiles!, su querella.
Va
ruda, indocta, tosca y mal limada,
que,
como es mano bárbara la mía,
no es
bien en griega letra ejercitada.
Si
vieres manchas mientras te escribía,
mis
lágrimas hicieron los borrones,
después
de haber borrado mi alegría.
Y
estas lágrimas que orlan mis renglones,
como
se engendran en amor sincero,
hablan,
y explican más que mil razones.
–
La pasividad del héroe: Le reclama que se la entregó a los guardias de Agamenón sin oponer
resistencia ni darle un beso de despedida. Desmiente el mito del "gran
amor" de Aquiles exponiendo su indiferencia.
El
ser al rey que me pidió entregada
no es
culpa tuya: dioses lo ordenaron;
mas
será tuya, si no soy tornada.
Euribate
y Taltibio me llamaron,
y a
los dos en custodia el primer día
el
rey y mis desdichas me entregaron.
Y el
uno al otro quedo se decía,
viendo
tu remisión y mi esperanza:
«¿Dó
está el amor que en estos dos ardía?».
Pude
ser detenida, y la tardanza
fuera
a la pena dulce y deleitosa;
pero,
siendo en mi bien, nada se alcanza.
¡Ay
de mí, triste y poco venturosa,
que
al partirme perdí tanto los bríos
que
un beso no te di de vergonzosa!
Pero
vertí de lágrimas dos ríos,
arranqué
los cabellos, que ya fueron
red a
tus brazos, lazos a los míos.
Cuando
al rey de tu casa me trajeron,
me
pareció de nuevo ser robada
y que
a nueva prisión me redujeron.
–
El orgullo herido:
Briseida descubre que Aquiles rechazó los regalos para recuperarla. Se da
cuenta de que para él, el rencor contra Agamenón pesa más que el deseo de
tenerla de vuelta.
Mas,
¡ay, oh, crudo amante, poco firme!
De ti
no ha sido aquello recibido
que
habías tú de dar por redimirme.
Aquiles,
¿por qué culpa he merecido
serte
vil, y por tal menospreciada?
Tu
antiguo amor ¿adónde se ha huido?
–
La sumisión como supervivencia: En un giro trágico, le ruega que la lleve a Grecia. Le dice
que no le importa ir como esposa; aceptará ser su sirvienta con tal de no ser
abandonada a su suerte en una zona de guerra.
Si la
tardanza se te hace larga,
y el
volver a tu patria te contenta,
a tu
navío no seré gran carga.
Llévame,
y no me dejes en afrenta,
y
seguirete, no como a marido,
mas
como vencedor de un alma exenta…
No
seré esclava inútil, que ya han sido
buenas
mis manos, y seranlo agora
para
curar las lanas que han tejido.
3.
Temas Clave para una
Interpretación Profunda
– La
Subversión del Género Épico
En la
épica tradicional, las mujeres son objetos intercambiables que miden el estatus
del guerrero. Ovidio utiliza la etopeya (el ejercicio de ponerse en la
piel del otro) para humanizar a Briseida. La guerra de Troya ya no se mide en
gloria militar (kléos), sino en el trauma psicológico colateral de las
víctimas.
– El
Síndrome de Estocolmo de la Antigüedad
Un
punto que suele impactar a los lectores modernos es que Briseida ame al hombre
que destruyó a su familia. Ovidio lo retrata con un realismo psicológico
brutal: al perder su patria, su hogar y sus lazos de sangre, Aquiles se
convirtió en su única realidad y su única ancla en el mundo. Su amor no
nace del romance, sino de la absoluta necesidad de supervivencia afectiva.
Los
filos de tu espada vi sangrientos,
y a
Lirneso mi patria, como a Marte,
rendírsete
y mostrarte los cimientos.
De su
rüina fui la mayor parte,
pues
vi a mi padre y tres hermanos míos
rendidos
a la muerte, a tu estandarte.
Vi a
mi marido que en sangrientos ríos
(tal
cual él era) revolcando el pecho,
perdió
riqueza, esposa, vida y bríos.
Y
aunque me viese en tan horrendo estrecho,
y con
golpe tan duro y riguroso
fuese
en un punto tanto bien deshecho,
con
solo Aquiles me era muy copioso
reparo
a tanto mal, pues te tenía
por
hermano, señor, padre y esposo.
– Desmitificar
la Masculinidad Heroica
Briseida
ataca directamente el ego de Aquiles. Le reprocha que, mientras los griegos
mueren en el campo de batalla, él se quede a salvo en su tienda tocando la lira
y durmiendo. Cambia la imagen del guerrero invencible por la de un hombre
caprichoso, inmaduro y rencoroso.
Los griegos piensan te has entristecido
porque me trajo el rey a su aposento,
y que mi amor te tiene embravecido;
y tú te estás alegre y muy contento
en el tierno regazo de tu dama,
movido de algún músico instrumento.
Si alguno preguntare por qué infama
Aquiles su opinión y no pelea,
olvidando la guerra por la cama,
dirán que la vihuela lo recrea,
y la noche le agrada con su oficio,
y en Venus y en amor y amar se emplea.
Más seguro es dormir y estar en vicio,
mejor tener la moza poco casta,
y el tañer y cantar por ejercicio,
que asir escudo y empuñar el asta,
y cubrir con el yelmo la cabeza,
y el pecho de virtud, que es lo que basta.
Mas a ti ya fue un tiempo que una pieza
de arnés, e ilustres hechos te agradaba,
más que cuanto a deleites se endereza.
La gloria que con armas se alcanzaba
te era dulce; mas presto te cansaste,
que nunca dura el bien, ni el mal se acaba.
Di, ¿por ventura, oh, Aquiles, aprobaste
el uso de las armas y la guerra,
solo mientras mi patria conquistaste?
– La
Ironía Trágica
Ovidio
juega con la complicidad del lector, que ya conoce el final de la historia.
Briseida menciona en la carta a Patroclo (el mejor amigo de Aquiles),
recordando que él le había prometido que algún día sería la esposa legítima del
héroe. El lector sabe que Patroclo morirá poco después, y que será esa muerte
—y no las súplicas de Briseida— la que obligará a Aquiles a volver a pelear. Su
carta está trágicamente destinada al fracaso.
El
gran Patroclo cuando me llevaron
al
oído me dijo: «¿Por qué lloras?
Poco
estarás aquí do te encerraron».
Siento
pasar las horas voladoras
sin
volver, y esto es poco; que más siento
dejes
pasar sin verme tantas horas.
Tú
procuras, ¡oh, Aquiles!, mi tormento;
estorbas
no sea vuelta al que es mi esposo;
pues
vete agora y busca tu contento.
5. Conclusión
La
Heroida III es una de las piezas más conmovedoras de Ovidio porque saca a la
literatura de las trincheras y la mete en la intimidad de las tiendas de
campaña. Al darle pluma y voz a Hipodamía, el poeta transforma un botín de
guerra en un sujeto histórico complejo, recordándonos que detrás de cada gran
héroe clásico, siempre hubo una historia silenciada.
Mas
yo te ruego que me des la vida
que
ya me diste cuando victorioso
fuiste
de mi linaje el homicida.
Que
para hartar tu pecho sanguinoso
de
Neptuno los muros eminentes
te
darán pasto de hombres abundoso.
Del
enemigo busca convenientes
ocasiones
de muerte, que en tu amada
han
de ser tus efectos diferentes.
Y
agora quieras irte con la armada,
agora
el esperar más te convenga,
siendo
ante ti mi carta presentada,
manda
como señor que a ti me venga.
Dra.
Margarita Díaz de León Ibarra
*Imagen:
"Briseida conducida a Agamenón" (Briseis Given up to Agamemnon), un
fresco del año 1757 pintado por el maestro barroco italiano Giambattista
Tiepolo.





