¿Cuánto vale la
virtud de una mujer? En el universo de Juan Rulfo, exactamente el precio de una
vaca. En este ensayo crítico analizamos "Es que somos muy pobres",
una obra que va más allá del dolor campesino para desnudarnos una verdad
incómoda: cómo la geografía hostil y el fracaso de una Revolución terminan por
convertir el cuerpo femenino en la última moneda de cambio.
En la teoría
económica contemporánea se habla con frecuencia de los "ciclos de
vulnerabilidad", pero pocas disciplinas logran materializar la tragedia de
la movilidad social descendente con la crudeza implacable de la literatura. En
el cuento "Es que somos muy pobres", Juan Rulfo no
redacta un simple cuadro de costumbres sobre el México posrevolucionario;
disecciona un ecosistema donde la dignidad humana y el porvenir de una mujer
tienen un valor transaccional exacto: el peso de una vaca llamada Serpentina. A
través de una prosa despojada de artificios y una voz infantil que atestigua el
horror con normalidad pasmosa, la narrativa nos confronta con una tesis
incómoda pero vigente: en contextos de miseria estructural, la moral no es una
elección, sino un lujo que la geografía y la fatalidad terminan por devorar.
Si en esta premisa
se afirma que la geografía devora la moral, es precisamente a través de la
figura del río donde esta tesis se materializa en primera instancia. En el
relato, la naturaleza no opera como un telón de fondo idílico, sino como un
antagonista activo y punitivo que dinamita la precaria estabilidad familiar.
Desde las primeras líneas, el narrador establece un entorno hostil donde "aquí
todo va de mal en peor" (Rulfo, 1953/2015, p. 62). Rulfo dota al río
de una monstruosidad casi mítica —un ente que ruge, que huele a
"orines" y que saca un "ruido estruendoso"—. Esta violencia
fluvial representa el determinismo geográfico: la noción de que el
entorno físico condena de antemano la existencia de los personajes. Al
desbordarse y ahogar a la Serpentina, el río no solo altera el paisaje ecológico,
sino que fractura el ecosistema socioeconómico del relato. El agua,
tradicionalmente asociada con la vida, se transmuta aquí en el agente de la
ruina: "el río se llevó a la Serpentina [...] y al becerro que
tenía" (p. 63). Así, la corriente del río no arrastra únicamente
madera y animales muertos; arrastra la dote de Tacha y, con ella, su destino
hacia la periferia moral de la prostitución. El espacio geográfico se convierte
en el verdugo invisible que empuja a los marginados hacia un abismo donde la supervivencia
exige el sacrificio de la dignidad.
Esta devastación
geográfica encuentra su réplica más íntima en el terreno del género,
transformando el desastre ambiental en una transacción de la carne. Una
vez que el río ha confiscado el único activo financiero de la familia, la
lógica patriarcal del llano opera un frío cálculo de sustitución: ante la
ausencia de la res, el cuerpo de Tacha pasa a ocupar el lugar de la mercancía.
Rulfo expone con brutal lucidez cómo la vulnerabilidad económica de la mujer rural
está intrínsecamente ligada a la propiedad agraria. El padre de Tacha lo
explicita al recordar el destino de sus otras hijas, alegando que "ellas
se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy
retobadas" (Rulfo, 1953/2015, p. 64). Al perderse la dote, el porvenir
de la joven se devalúa de inmediato en el mercado social. No hay espacio para
el libre albedrío; el entorno ha decidido por ella. Los senos que empiezan a
"llenársele" a Tacha —y que el narrador describe con una crudeza casi
zoológica diciendo que "va como palo de ocote crece y crece y que ya
tiene unos comienzos de senos" (p. 64)— dejan de ser un signo de
desarrollo biológico para convertirse en el anuncio de su inevitable destino
laboral. El cuerpo femenino se vuelve así el último recurso de amortiguación
económica, una extensión de la tierra devastada por el río que termina por ser
colonizada por el comercio sexual.
Esta
mercantilización de la mujer opera, asimismo, como síntoma de un quiebre
estructural mayor: la desmitificación de la Revolución Mexicana.
Mientras las instituciones oficiales de mediados del siglo XX consolidaban un
relato de progreso, modernidad y justicia social, la prosa de Rulfo funciona
como una contranarrativa demoledora. En el cuento, el Estado brilla por su
ausencia. No hay políticas agrarias, no hay infraestructura hidráulica que
contenga el río, ni una red de seguridad social; la Revolución nunca llegó al
llano profundo. Sin embargo, la verdadera agudeza crítica de Rulfo radica en
demostrar que este fracaso del Estado tiene un impacto diferenciado según el
género. La retórica revolucionaria prometía la emancipación del campesino, pero
esa figura siempre fue pensada en masculino. Al desmantelar el mito del
progreso agrario, el cuento revela que la peor parte del desamparo
institucional la encarnan Tacha y sus hermanas. Para ellas, el fracaso de la
reforma agraria no significa únicamente perder la cosecha; significa el despojo
de su soberanía corporal. Así, Rulfo desmitifica la Revolución desnudando que
su gran legado en las periferias fue la democratización de la miseria y la
perpetuación de un patriarcado violento.
A la luz de los
argumentos expuestos, resulta imperativo concluir que "Es que somos muy
pobres" se erige como un artefacto literario que clausura cualquier
atisbo de romanticismo sobre el progreso latinoamericano. Al conectar de forma
implacable el determinismo geográfico del río con la economía de la carne que
asfixia a Tacha, Juan Rulfo demuestra que el fracaso de la promesa revolucionaria
no se mide únicamente en hectáreas estériles, sino en la pérdida sistemática de
la dignidad humana. Retomando la premisa inicial, el relato confirma que en las
coordenadas de la miseria estructural la moralidad pasa a ser un lujo
inalcanzable. El llano rulfiano no es solo un espacio físico devastado; es un
vacío institucional donde el horror se ha normalizado a tal grado que la
tragedia se hereda como una sentencia natural. Décadas después de su
publicación, este cuento sigue funcionando como un espejo incómodo: nos
recuerda que mientras la vulnerabilidad social siga estando determinada por la
geografía y el género, la Serpentina continuará ahogándose en el río de la
desigualdad, arrastrando consigo el futuro de los más desposeídos.
Imagen: Fotografía
de Juan Rulfo
Dra. Margarita Díaz
de León Ibarra




