jueves, 24 de septiembre de 2026

El río arrastra la moral: Lectura crítica sobre la desmitificación revolucionaria y el valor transaccional del cuerpo en Rulfo


¿Cuánto vale la virtud de una mujer? En el universo de Juan Rulfo, exactamente el precio de una vaca. En este ensayo crítico analizamos "Es que somos muy pobres", una obra que va más allá del dolor campesino para desnudarnos una verdad incómoda: cómo la geografía hostil y el fracaso de una Revolución terminan por convertir el cuerpo femenino en la última moneda de cambio.

 

En la teoría económica contemporánea se habla con frecuencia de los "ciclos de vulnerabilidad", pero pocas disciplinas logran materializar la tragedia de la movilidad social descendente con la crudeza implacable de la literatura. En el cuento "Es que somos muy pobres", Juan Rulfo no redacta un simple cuadro de costumbres sobre el México posrevolucionario; disecciona un ecosistema donde la dignidad humana y el porvenir de una mujer tienen un valor transaccional exacto: el peso de una vaca llamada Serpentina. A través de una prosa despojada de artificios y una voz infantil que atestigua el horror con normalidad pasmosa, la narrativa nos confronta con una tesis incómoda pero vigente: en contextos de miseria estructural, la moral no es una elección, sino un lujo que la geografía y la fatalidad terminan por devorar.

 

Si en esta premisa se afirma que la geografía devora la moral, es precisamente a través de la figura del río donde esta tesis se materializa en primera instancia. En el relato, la naturaleza no opera como un telón de fondo idílico, sino como un antagonista activo y punitivo que dinamita la precaria estabilidad familiar. Desde las primeras líneas, el narrador establece un entorno hostil donde "aquí todo va de mal en peor" (Rulfo, 1953/2015, p. 62). Rulfo dota al río de una monstruosidad casi mítica —un ente que ruge, que huele a "orines" y que saca un "ruido estruendoso"—. Esta violencia fluvial representa el determinismo geográfico: la noción de que el entorno físico condena de antemano la existencia de los personajes. Al desbordarse y ahogar a la Serpentina, el río no solo altera el paisaje ecológico, sino que fractura el ecosistema socioeconómico del relato. El agua, tradicionalmente asociada con la vida, se transmuta aquí en el agente de la ruina: "el río se llevó a la Serpentina [...] y al becerro que tenía" (p. 63). Así, la corriente del río no arrastra únicamente madera y animales muertos; arrastra la dote de Tacha y, con ella, su destino hacia la periferia moral de la prostitución. El espacio geográfico se convierte en el verdugo invisible que empuja a los marginados hacia un abismo donde la supervivencia exige el sacrificio de la dignidad.

 

Esta devastación geográfica encuentra su réplica más íntima en el terreno del género, transformando el desastre ambiental en una transacción de la carne. Una vez que el río ha confiscado el único activo financiero de la familia, la lógica patriarcal del llano opera un frío cálculo de sustitución: ante la ausencia de la res, el cuerpo de Tacha pasa a ocupar el lugar de la mercancía. Rulfo expone con brutal lucidez cómo la vulnerabilidad económica de la mujer rural está intrínsecamente ligada a la propiedad agraria. El padre de Tacha lo explicita al recordar el destino de sus otras hijas, alegando que "ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas" (Rulfo, 1953/2015, p. 64). Al perderse la dote, el porvenir de la joven se devalúa de inmediato en el mercado social. No hay espacio para el libre albedrío; el entorno ha decidido por ella. Los senos que empiezan a "llenársele" a Tacha —y que el narrador describe con una crudeza casi zoológica diciendo que "va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos" (p. 64)— dejan de ser un signo de desarrollo biológico para convertirse en el anuncio de su inevitable destino laboral. El cuerpo femenino se vuelve así el último recurso de amortiguación económica, una extensión de la tierra devastada por el río que termina por ser colonizada por el comercio sexual.

 

Esta mercantilización de la mujer opera, asimismo, como síntoma de un quiebre estructural mayor: la desmitificación de la Revolución Mexicana. Mientras las instituciones oficiales de mediados del siglo XX consolidaban un relato de progreso, modernidad y justicia social, la prosa de Rulfo funciona como una contranarrativa demoledora. En el cuento, el Estado brilla por su ausencia. No hay políticas agrarias, no hay infraestructura hidráulica que contenga el río, ni una red de seguridad social; la Revolución nunca llegó al llano profundo. Sin embargo, la verdadera agudeza crítica de Rulfo radica en demostrar que este fracaso del Estado tiene un impacto diferenciado según el género. La retórica revolucionaria prometía la emancipación del campesino, pero esa figura siempre fue pensada en masculino. Al desmantelar el mito del progreso agrario, el cuento revela que la peor parte del desamparo institucional la encarnan Tacha y sus hermanas. Para ellas, el fracaso de la reforma agraria no significa únicamente perder la cosecha; significa el despojo de su soberanía corporal. Así, Rulfo desmitifica la Revolución desnudando que su gran legado en las periferias fue la democratización de la miseria y la perpetuación de un patriarcado violento.

 

A la luz de los argumentos expuestos, resulta imperativo concluir que "Es que somos muy pobres" se erige como un artefacto literario que clausura cualquier atisbo de romanticismo sobre el progreso latinoamericano. Al conectar de forma implacable el determinismo geográfico del río con la economía de la carne que asfixia a Tacha, Juan Rulfo demuestra que el fracaso de la promesa revolucionaria no se mide únicamente en hectáreas estériles, sino en la pérdida sistemática de la dignidad humana. Retomando la premisa inicial, el relato confirma que en las coordenadas de la miseria estructural la moralidad pasa a ser un lujo inalcanzable. El llano rulfiano no es solo un espacio físico devastado; es un vacío institucional donde el horror se ha normalizado a tal grado que la tragedia se hereda como una sentencia natural. Décadas después de su publicación, este cuento sigue funcionando como un espejo incómodo: nos recuerda que mientras la vulnerabilidad social siga estando determinada por la geografía y el género, la Serpentina continuará ahogándose en el río de la desigualdad, arrastrando consigo el futuro de los más desposeídos.

 

Imagen: Fotografía de Juan Rulfo

 

Dra. Margarita Díaz de León Ibarra

 


 

El río arrastra la moral: Lectura crítica sobre la desmitificación revolucionaria y el valor transaccional del cuerpo en Rulfo

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