martes, 31 de mayo de 2022

Mujeres Bambú

Esto no es un poema. Como tampoco aquella pipa es una pipa. Es juego hipertextual, una tentativa con estructura no secuencial que me permite enlazar imágenes de diversas fuentes por medio de enlaces asociativos.

 

“Mujeres Bambú”

 

 

Escúchanos

somos fases de luna

con tinta de poesía

en páginas arbóreas

 

Silenciamos

las voces lacrimosas

marionetas de Galdós

en ficciones plañideras

 

Escúchanos

somos las ingeniosas cervantas

con las piernas liberadas

por caminos de la Mancha

Escapamos

de la jaula del destino

nuestros cuerpos no serán

ni el de Ofelia ni Julieta

 

Escúchanos

con la astucia de Elizabeth

sin prejuicio y con orgullo

confrontamos el insulto

 

Detestamos

el abuso de los hombres

a Don Juan el burlador

a Rodolfo el libertino

 

 

Escúchanos

somos altavoces de Simone

dueñas de nuestro sexo

no mujeres rotas por desprecio

Curamos

bovarismo con realismo

no queremos arrastrarnos

por amor hacia el suicidio

 

Escúchanos

con el libre entendimiento

de la rusa Salomé

hacemos del amor el juego del placer

 

Conjuramos

la obsesión de Isolda

por las pasiones que matan

dando vuelta a la puerta giratoria

 

Escúchanos

somos damas que en tableros de ajedrez

levantamos la palabra

en casillas de poder

 

Abdicamos

a ser muñecas de trapo

obligadas a someternos

al deseo violentado

 

Estamos luchando

de pie

como varas de bambú

 

floración

que nadie puede quebrar

doblando por la cintura

 

más que un cuerpo

somos palabreras cantoras

guerreras contra el silencio

 



 

En su versión original este juego oral se tituló “Varas de bambú”. Fue escrito el 18 de noviembre de 2020, para sonorizarlo con “Slam Poetry”. Aquí el enlace: https://www.facebook.com/slampoetryofficial/videos/418926656137148

 

Ahora reescrito bajo el título “Mujeres Bambú” ingresa en diálogo con mi relectura del ensayo “No adónde va, sino de dónde viene” de Brenda Lozano, publicado en Tsunami (edición y prólogo de Gabriela Jáuregui, México: Sexto piso, 2018).


domingo, 29 de mayo de 2022

Es Alfonsina la leyenda Storni

Ingreso al oleaje de palabras para escribir sobre Alfonsina Storni, como tributo a 130 años de su nacimiento.

 

Inicio con “Tú me quieres alba”, publicado en su poemario El dulce daño en 1918 (su segundo poemario, posterior a La inquietud del rosal, 1916), porque es con su poema-manifiesto que confronta al discurso patriarcal avalado por una sociedad manipuladora e hipócrita:

 

Tú me quieres alba,

me quieres de espumas,

me quieres de nácar.

Que sea azucena

sobre todas, casta.

De perfume tenue.

corola cerrada.

 

Ni un rayo de luna

filtrado me haya.

Ni una margarita

se diga mi hermana.

Tú me quieres nívea,

tú me quieres blanca,

tú me quieres alba.

 

Tú que hubiste todas

las copas a mano,

de frutos y mieles

los labios morados.

Tú que en el banquete

cubierto de pámpanos

dejaste las carnes

festejando a Baco.

Tú que en los jardines

negros del Engaño

vestido de rojo

corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto

conservas intacto

no sé todavía

por cuáles milagros,

me pretendes blanca

(Dios te lo perdone),

me pretendes casta

(Dios te lo perdone),

¡Me pretendes alba!

 

Huye hacia los bosques,

vete a la montaña;

límpiate la boca;

vive en las cabañas;

toca con las manos

la tierra mojada;

alimenta el cuerpo

con raíz amarga;

bebe de las rocas;

duerme sobre escarcha;

renueva tejidos

con salitre y agua;

habla con los pájaros

y lévate al alba.

Y cuando las carnes

te sean tornadas,

y cuando hayas puesto

en ellas el alma

que por las alcobas

se quedó enredada,

entonces, buen hombre,

preténdeme blanca,

preténdeme nívea,

preténdeme casta.

 

“Me llamaron Alfonsina, que quiere decir dispuesta a todo”, dijo, la hija de migrantes suizos instalados en la provincia de San Juan (Argentina) en 1880.

“Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta.”

A los 10 años lava platos y atiende mesas en el “Café Suizo”, propiedad de su madre. Después será obrera en una fábrica de gorras. Posteriormente, el destino la lleva al teatro:

“A los trece años estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico [...] Pero casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbos...”

Más tarde se convierte en maestra rural y se vincula a revistas literarias donde publicará sus poemas.

Define su vida una actitud de mujer que se enfrenta sola a sus decisiones. Nace su hijo Alejandro al que registra sólo con su apellido.

 

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,

Que no pude ser como las otras, casta de buey

Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!

Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

 

Mirad cómo se ríen y cómo me señalan

Porque lo digo así: (Las ovejitas balan

Porque ven que una loba ha entrado en el corral

Y saben que las lobas vienen del matorral).

(…)

Yo soy como la loba. Ando sola y me río

Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío

Donde quiera que sea, que yo tengo una mano

Que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

 

La que pueda seguirme que se venga conmigo.

Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,

La vida, y no temo su arrebato fatal

Porque tengo en la mano siempre pronto un puñal.

 

El hijo y después yo y después... ¡lo que sea!

Aquello que me llame más pronto a la pelea.

A veces la ilusión de un capullo de amor

Que yo sé malograr antes que se haga flor.

 (“La loba”,1916).

 

Trabaja como cajera y en la revista Caras y Caretas. Gracias a ello, publica, con fondos propios, su primer poemario La inquietud del rosal (1916).

En 1919 Amado Nervo llega a la Argentina como embajador de su país, y frecuenta las mismas reuniones que Alfonsina, lo que le permite establecer relación con poetas modernistas.

Se enamora de Horacio Quiroga, un hombre marcado por el destino, perseguido por los suicidios de seres queridos.

El 20 de mayo de 1935 Alfonsina es operada de un cáncer de mama, hecho que la desestabiliza.

En 1936 se suicida Horacio Quiroga y ella le dedica un poema de versos conmovedores y que presagian su propio final:

 

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

y así como en tus cuentos, no está mal;

un rayo a tiempo y se acabó la feria...

Allá dirán.

Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte

que a las espaldas va.

Bebiste bien, que luego sonreías...

Allá dirán.

 

El 23 de octubre de 1938 viaja a Mar del Plata y hacia la una de la madrugada del martes veinticinco Alfonsina abandona su habitación y se dirige al mar. Deja escrito “Voy a dormir”:

 

Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

 

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera;

una constelación, la que te guste;

todas son buenas, bájala un poquito.

 

Déjame sola: oyes romper los brotes...

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

 

para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido.

 

Esa mañana, dos obreros descubrieron el cadáver en la playa. A la tarde, los diarios titulaban sus ediciones con la noticia: “Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poetisa de América.”

 

Alfonsina Storni. Mujer. Migrante. Latinoamericana. Argentina. Pobre. Madre. Feminista. Poeta. Suicida. Eterna.





viernes, 27 de mayo de 2022

Saramago 100


Saramago nos da múltiples motivos para celebrar su gran obra. Vivió como escribió: transformando la ética en estética con lucidez e integridad. Tanto, que deja perplejos a los ojos del siglo XXI ante indicios y claves que revelan quiénes somos.

Regresar a su obra es retornar al hogar de los abuelos en Las pequeñas memorias; a la cama de sábanas limpias en El cerco de Lisboa; a la puerta donde duerme un perro negro entre Las intermitencias de la muerte.

Sus personajes son más humanos, que muchas personas que conocemos. Nos lo dice su José del Evangelio lleno de sueños y de culpas; te lo ha dicho don José de Todos los nombres, al encontrar en el amor la salvación; me lo dirá siempre el niño José, eco que tiempo después será vida en sus novelas.

Miro en Saramago la dignidad y la convicción de que la historia individual es la colectiva. Todas y todos hemos caminado bajo la lluvia con el temor de caer en el olvido. Cada pareja es todas las parejas, cada historia de amor es todo el amor, cada dictadura es todas las dictaduras. Nos devuelve a viejos relatos y los dota de nuevos significados. Rescata palabras ya dichas, derrumba sus altares y las coloca entre mujeres y hombres que se encuentran y se desencuentran entre su escritura irónica, punzante, demoledora y pesimista.

Saramago es un prodigio de los diálogos. Por medio de ellos, nos acerca a los asuntos de frente a la lectura: se pone a prueba y devela el error, dice y se desdice, enfatiza y duda, va y viene entre la transcendencia y lo cotidiano, entre la tragedia, la melancolía y la comedia, con personajes reflejantes.

Como todo gran escritor, su prosa es el poema del devenir. Sólo así logra que sus novelas sean viajes hacia la profundidad de la identidad. Se asoma a la ficción con guiños de verosimilitud, para reducir excesos literarios. Me toma de la mano para decirme: entre tú y yo escribimos una historia que trata de ti y de mí en el hueso y la carne del papel.

Saramago es un territorio lleno de caminos para comprender lo humano.

Hoy necesitamos Ensayo sobre la lucidez, para darnos cuenta que la literatura sin él florece en la inmundicia del entretenimiento. Tantas casas editoriales y tantas y tantos escribientes vacunados contra el fracaso, defensores del éxito individual, perseguidores de fortuna, fama y prestigio que, sin lucha, sin credo, sin ideología, reducen la lectura a un acto de consumo de historias perdidas en la desmemoria de la lectura fácil.





 

 

viernes, 20 de mayo de 2022

Resignificación

Los relatos de las mitologías judeocristiana y grecolatina, sedimentos de nuestra cultura occidental, desplazan a la mujer del origen de la creación. Eva y Pandora son el “bello mal”, motivo de la caída del hombre. Una, le ofrece el fruto de la transgresión. La otra, le ofrenda la caja de los males. Por tanto, para las sociedades patriarcales, deseo, belleza y gracia, son equivalentes de seducción y engaño. Pretexto que ha servido al hombre para justifica la acción de reducir el cuerpo femenino a un objeto útil solo para su gozo y para la reproducción. La mujer marmórea, muda y quieta, será el ideal del hombre que piensa, nombra, categoriza e impone la ley.

Quizá el varón mítico -poso del macho empírico- se está vengando, pues la creación de la mujer lo ha separado de los dioses. Dejó de ser humano-divino, para ser hombre-animal. Escindido, dolido y encolerizado, toma conciencia de su cuerpo sexuado. Cae en cuenta de que su hombría ha quedado atrapada en el cuerpo femenino. Sólo será hombre dominando, sólo se sentirá hombre penetrando. Ella, cuerpo hecho de tierra o hueso, tiene “algo” que le pertenece a él: su falo.

El cuerpo femenino es arcano, misterio. Conecta el orden cósmico con la tierra y lo humano, mediante el rito Natura del ciclo menstrual. Pero tiene que ocultarlo, simularlo; no debe ser público, sino privativo. Se le exige una prótesis de fibra higiénica para contener la sangre que escurre entre sus piernas, porque para el hombre lo que expulsa el cuerpo de la mujer es excrecencia. Si la menstruación es cósmica, entonces es sagrada al dejarla correr danzando a la luz de la luna. Pretexto para perseguir, maldecir y quemar el cuerpo negado a ser espectro del espejo fálico.

Nos atemorizaron por siglos. Replegamos el deseo y la palabra, para evitar la violencia, el rapto, la violación y la muerte. En el silencio está el sedimento del terror de nuestra historia, por eso desmentimos el ultraje o lo minimizamos culpándonos con el dedo del hombre clavado en el pecho. Se nos estigmatiza si somos independientes, si salimos de noche, si ingerimos alcohol, si bailamos, si provocamos, si no tenemos marido, si no tenemos hijos. Hay que privarnos, para merecer el abrazo del hombre.

Hoy estamos en diálogo con nosotras mismas. Hablamos, escribimos, publicamos sobre el acto sexual mediado por la palabra del deseo, sobre el amor que niega al vasallaje, sobre la reproducción como decisión, sobre la maternidad no sacrificial, sobre el derecho al aborto… Polifonía, libre de fundamentalismos, que se levanta contra la imposición y la dependencia. 

Nos sacudimos el polvo, para seguir adelante.

 

* Diálogo con del ensayo de Margo Glantz, “Apuntes para una posible genealogía (arqueológica) de los metoos” en Tsunami, edición y prólogo de Gabriela Jáuregui, México: Sexto Piso, 2018.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 13 de mayo de 2022

Urdir

Hilo la palabra poemario. La bordo para hacer míos los sonidos que articulan la fuerza de su equilibrio. Siento sus derivados en un retal de telas albas y figuras negras en el frío de la noche.

Poemario, artefacto de lenguaje

Poetizar, discurrir de palabras

Poema, secuencia de imágenes 

Poética, sonido de encierro liberado

Poetría, materialidad de lo intangible 

Poeticidad, punta de partida sin punto final

Poemario, un artefacto, dije. Figura indeterminada que transporta la mirada hacia la memoria tejida por otros tiempos resistentes al olvido. Un hilo negro cose la invención. Urde con la aguja que hunde su punta en la almohada. Lastima. Me extrae una gota rubí. 


una puntada tras otra

en el desorden del recuerdo

labra la huella de la yema

la urdimbre

del delirio invisible


los suspiros invocan los sueños

donde se busca la historia

que hace melodías

ensartadas en el ojo de la aguja


la aguja no gime

llora la mano que la guía

al pasar por fibras roces deseos


zurzo la herida sin logro

su apertura no disminuye

aunque cruce hilos

aunque aplique suero sedante

sangre sana

su aguijón su veneno su dolor

es inevitable


la aguja deshila el suspiro

tejido a mí hundido

en la tembladura de la palabra

sonido punzado

grafía puntada

con la hebra del regreso










 


sábado, 30 de abril de 2022

Apropiación del Caín de Saramago

Como un Prometeo de entrañas carcomidas, José Saramago crea un diálogo con el dios de las alturas para cuestionar castigos, marcas y exilios. Una paradoja teológica: un escritor ateo escribe sobre Dios con profunda religiosidad. 

Así como Prometeo discute con los dioses, lo hace Caín. No con la abstracción divina creada por la muerte, sino con el dios idolatrado creado por las sangrientas ecclesias enriquecidas. 

Cuestionar. Confrontar. 

¿Cómo es posible tanta violencia?

Comparto un poema que escribí a la luz de mi lectura de “Caín” de José Saramago.


¿Acaso existe el yo?

Soy

¿por tanto existo?

¿por tanto pienso?

¿por tanto siento 

y si digo yo yo yo yo yo

¿soy yo quién dice yo?

ecos, pliegues, doblez

multiplicación

de tantas que me habitan

escucho sus voces 

en aire, en tintas

elijo ser una

para vivir en paz

pero eso no es tan sencillo

me brotan gestos y palabras 

de fantasmas que me habitan

me digo

¿cómo he podido decir?

¿cómo he podido hacer?

¿cómo he podido sentir?

no he sido yo, les digo

la otra las otras una otra tantas otras

en mí

la buena la mala la generosa la egoísta

es fácil exculpase

me controlan la sombría y la lúcida

no es locura

es plasticidad

lo mismo me ocurre con lo divino

una multiplicidad de rostros

dios creador legislador castigador

misericordia

¿a cuál me acojo?

leo Caín

 la historia saramaguence

su ficción otro rostro en la novela

nacida del absurdo

humano mentira falsedad

en ella Lilith

la miro en mí

no creada de costilla

sino de polvo que levanta el viento

libre ventisca

mueve ramas hacia las nubes

mueve cascadas hacia las rocas

su vuelo es su castigo

quiere ser fijada como mariposa en tabla

pinchada herida disecada 

y bella

postrada y vasalla

se va se exilia se arroja a la soledad

libre

como Caín

marcada y manchada.









Glosas líricas iniciales en “El infinito en un junco” de Irene Vallejo

Todo libro es la lectura de la escritura del Otro. 

Leo y escribo sobre lo que leo. 

No acerca de lo que leo, sino de lo que en mí genera lo leído. 

A esto llamo glosa: a mis palabras escritas en el reducido margen excentradas del rectángulo de la hoja.

Comparto las glosas iniciales que ha producido mi lectura “El infinito en un junco” de Irene Vallejo.


1. Glosa del poema de Emilio Lledó, “Los libros y la libertad”:


la mano dibuja la letra

albergue de la voz

hace del poema un rectángulo

dentro

sus círculos de infinitas voces

el alfabeto de la vida en la mente

en busca del encuentro

entre la lectura nómada

y el acto sedentario de escribir

ahí reposa el tiempo que vence 

la condición efímera

la nada

el olvido


2. Glosa del prólogo:


En las noches sin cobijo alguno

viajar como gente peligrosa

hacia el resplandor

neuronal

para traficar

imágenes perdidas

entre memoria y olvido

de este mundo en guerra 

en mí

sentir que sé hacer

sin saber hacer 

cómo vivir

por eso deshojo el viento

para que me diga

dónde encuentro lo perdido

el tiempo y sus voces

el fuego y sus cuentos


2. Glosa a las primeras páginas sobre “Grecia imagina el futuro”:


Sobre mis hombros 

el polvo de la ausencia

de un cuerpo que no calienta cama

sino el tallo de una lila seca

ceniza en la lozanía

mojé los labios en otra copa

busqué Ítacas por caminos errados

en cuerpos de excelencias sensuales

atraqué

en la poesía de la experiencia

¿cuál?

sin mis dedos no tocan griegos

si mis poros no sienten ciclos

si mi olfato no inhala pasados ajenos

solo puedo hacer mío aquello reconocido

el miedo a lo desconocido

la flaqueza la debilidad

en el peor momento

la ingenuidad del deseo

ahí me miro

en los símbolos de las velas

encendidas

apagadas

el curso de la vida

y con Cavafis llegan a mi mente

imágenes de otros

algunas frases de Forster

versos detestables de Panero

los amados de Cernuda

la luz alejandrina

la ignorancia oscura

de bárbaros

entre llamas de libros. 







domingo, 24 de abril de 2022

Cristina Peri Rossi. Discurso de recepción del Premio Cervantes 2022

Hoy he leído el discurso de aceptación de Cristina Peri Rossi. Ha hecho de la pastora Marcela, personaje quijotesco, su bandera en cruce de frontera: la mujer que rechaza privilegios a cambio de libertad.

Su discurso muestra, sin duda alguna, que es oficio de poetas renunciar. Expresar emociones individuales, para trasmutarlas en odas y en elegías colectivas. Es como decía Cortázar "todos los fuegos, el fuego" o el propio Aristóteles al indagar la tragedia: es propio de todos los hombres lo que expresa el poeta.

Por eso detesto que a las mujeres se nos cuelgue el santo de la confesión. La poesía no está detrás de las cortinillas de la ficción ni del narrador ni del personaje. Es voz. La voz de la memoria, de los entresueños, de los deseos, los anhelos y las pérdidas.

Las palabras de Cristina me llevan de nuevo a la biblioteca de mi padre, donde aprendí a leer, a gozar y a temer el poder de las palabras. También traen a mi memoria la figura de mi abuela: viuda, libre y fuerte.

Dejo aquí el discurso de Cristina Peri Rossi, su discurrir de cervanta por los caminos de La Mancha:

Nací en Montevideo, Uruguay, en el año 1941, es decir, cuando desgraciadamente Europa estaba en plena Guerra Mundial. A la izquierda de mi casa vivía un viejo zapatero remendón, judío polaco, milagrosamente escapado de la masacre; y a la derecha, un adusto músico alemán con un parche negro en un ojo. Cuando le pregunté a mi madre, maestra de escuela obligatoria, laica, gratuita y mixta, por qué el judío y el alemán no se saludaban me respondió: “en Europa se habrían matado”. Mi padre, nacido en el campo, que había emigrado a la capital seducido por lo que el tango llama “las luces del centro” me dijo algo muy sencillo: “Europa no existe. ¿Has visto en el mapa algún lugar que se llame Europa?” No había. Cuando pregunté por qué la llamaban Segunda Guerra Mundial me explicaron que apenas veinte años antes había sucedido la primera. También en el barrio había muchos exiliados españoles porque además de una guerra cuyos motivos yo no conocía, en España había una terrible dictadura que había matado a miles y miles de personas y hecho huir a otras miles. El mundo parecía un lugar muy peligroso fuera de Montevideo. Pero la biblioteca de mi tío, funcionario público, culto, gran lector y ferozmente misógino me permitió conocer que siempre había sido así. Desde los orígenes, o desde los tiempos bíblicos o desde los griegos y troyanos. Los motivos de las guerras parecían siempre los mismos: el ansia de poder y la ambición económica. Algo típicamente masculino.

Tres libros leídos muy tempranamente me conmocionaron: El diario de Ana Frank, La madre de Máximo Gorki y Don Quijote de la Mancha. Este último, con un diccionario a mi lado. Fue el más difícil de leer y el que me provocó sentimientos más contradictorios. No había leído nunca un libro donde el autor declarara que su protagonista estaba loco, pero a la vez, me emocionaba que su propósito fuera deshacer entuertos y establecer la justicia, cosa que me parecía harto razonable dado el estado del mundo y de mi propio barrio, donde muchas vecinas venían a contarle a mi abuela, una viuda que había criado a siete hermanos huérfanos y a tres hijos -también huérfanos- que sus maridos borrachos las golpeaban o se jugaban el escaso dinero en los caballos o se iban de putas y maltrataban a sus hijos. Cómo deseaba yo que apareciera Don Quijote con su flaco Rocinante a salvarlas de los golpes y del maltrato. Por otro lado, mi abuela me hacía recordar al Ama, porque pensaba que leer mucho llevaba a perder el seso y a cometer locuras, aunque yo no creía que los esposos de esas mujeres maltratadas leyeran mucho y esa fuera la causa de su violencia.

Yo misma me irritaba cuando Don Quijote confundía molinos con gigantes, y llegué a pensar que Cervantes en realidad ridiculizaba a su personaje para probarnos que la empresa de cambiar el mundo y establecer la justicia era un delirio. Hasta que en los capítulos XII, XIII y XIV del libro me encontré con el relato y el discurso de Marcela. Marcela es codiciada y asediada por los hombres por su belleza y por su riqueza. La acusan de ser la culpable del suicidio de Grisóstomo, al que se negó, y en un sorprendente discurso rechaza a los hombres, al matrimonio y a las relaciones de poder entre los sexos: reclama su libertad, y para eso se aísla de la sociedad y se refugia en el campo, como una pastora más. «Yo nací libre y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», dice. Como Helena, en la Ilíada, maldice el día en que nació, o como en Eurípides, Helena se rebela contra la sociedad que considera la belleza como único atributo de la mujer.

De este modo Cervantes desacraliza la belleza como atributo femenino, y convierte a Marcela en una heroína trágica: para conservar su libertad frente a los hombres que quieren poseerla, dominarla, renuncia a la vida social, aislándose del mundo, huyendo de los hombres. Por supuesto, esta heroína, posteriormente, sería calificada de histérica, frígida y neurótica al no asumir el rol que le asignaba la sociedad patriarcal. La comprensión que manifiesta Don Quijote hacia un personaje femenino real me hizo pensar que la locura puede ser un pretexto de exclusión de aquellos que esgrimen verdades incómodas, lección que evidentemente aprendí, pagando un precio muy elevado, hasta el día de hoy, pero si volviera a nacer, haría lo mismo.

Mi tío que era buen lector cervantino no me habló nunca de este pasaje, del mismo modo que me advirtió de que las mujeres no escribían, y que cuando escribían, se suicidaban, como Safo, Virginia Woolf, Alfonsina Storni, y otras.

Yo también tuve claro, como Marcela, que en una sociedad patriarcal ser mujer e independiente era raro y sospechoso. Cuando el jurado (al que agradezco el honor de este premio) enumera los motivos por los cuales me lo ha concedido, habla de una firme y completa vocación literaria, pero también reconoce una lucha por los valores humanos tantas veces vulnerados por el poder político o cívico militar. Tuve que exiliarme de la dictadura uruguaya porque, como Casandra, había advertido y denunciado su llegada, y como castigo, mis libros, y hasta la mención de mi nombre fueron prohibidos; salvé la vida milagrosamente y vine a parar a España, donde otra feroz dictadura oprimía la libertad. Convertí la resistencia en literatura, como hicieron tantos exiliados españoles, y en lugar de renunciar a la sociedad, como Marcela, desde mis libros, desde mi vida he intentado como doña Quijota ‘desfazer’ entuertos y luchar por la libertad y la justicia, aunque no de manera panfletaria o realista, sino alegórica e imaginativa. No necesitamos duplicar la realidad, sino ironizar o interpretarla, como hiciera Jonathan Swift, por ejemplo. La literatura es compromiso ya lo dijo Jean Paul Sartre y compromiso es todo, desde un artículo contra Putin o un homenaje a las mujeres violadas y martirizadas en Juárez, hasta los relatos de Cortázar. ¿No es compromiso satirizar, por ejemplo, los excesos de la técnica, el morbo de los platós de televisión o los ritos festivos de los fanáticos del fútbol? Tan compromiso como escribir un poema lírico que exalta el deseo entre dos mujeres o entre un hombre y una mujer. La imaginación también es compromiso cuando no anticipación. Yo no he sido cronista de la realidad, me he sentido muchas veces como Casandra, en la Eneida, vaticinando un futuro y unos peligros que pocos veían. Pero no concibo una literatura solemne. La vida puede ser una tragedia, un drama, pero se puede ironizar y satirizar sus hábitos y costumbres, como hizo Pessoa con su poema “Todas las cartas de amor sin ridículas”. Sí, y además, son dulces o crueles o amorosas o denigrantes.

El siglo XX empezó casi con una guerra mundial y terminó con otra local, la de los Balcanes, e hizo escribir a Paul Valéry una definición clarividente: “La guerra es una masacre de personas que no se conocen en beneficio de personas que se conocen, pero no se masacran.”

A veces me ensombrece el ánimo el miedo a que la maldad y la violencia sean en realidad una constante de la existencia humana, y la lucha entre el Bien y El Mal se eternice, o sea ridiculizada, como ocurre en el mismo libro de Cervantes. Pero cuando escucho el aria de Sansón y Dalila, ‘Mon coeur s’ouvre à ta voix’, cantada por Jessye Norman, o ‘Je suis malade’ por Lara Fabián, o ‘Algo contigo’ por Susana Rinaldi, recupero una parte de la fe en el bien.

Mientras algunos se dedican fanáticamente a hacerse ricos y a dominar las fuentes del poder, otros, nos dedicamos a expresar las emociones y fantasías, los sueños y los deseos de los seres humanos.

Escribí en un poema: “Los antiguos faraones / ordenaron a los escribas: / consignar el presente / vaticinar el futuro”. Creo que ese sigue siendo el compromiso del escritor, sin ninguna solemnidad, y con sueldo escaso. Y con humor, como cuando escribí este breve poema: “Podría escribir los versos más tristes esta noche, / si los versos solucionaran la cosa”.

Podría escribir los versos más agradecidos esta noche, y cumpliría con mi obligación de escriba, aunque los versos no salvarían a los que mueren por las bombas y los misiles en la culta Europa.

Leyendo libros, ya sean de Luis Cernuda o de César Vallejo, confirmé lo que me decía mi madre: a medida que más sabemos menos sabemos, por eso la virtud cardinal es la humildad. Confirmé, también, que la literatura responde a la enseñanza evangélica: “Hablo en parábolas para que los que quieran entender entiendan”. Yo también escribo en parábolas.

Como escribí en un poema:

Las palabras son espectros piedras abracadabras

que saltan los sellos de la memoria antigua.


Y los poetas celebran la fiesta del lenguaje

bajo el peso de la invocación.

 

Los poetas inflaman las hogueras

que iluminan los rostros eternos de los viejos ídolos.

 

Cuando los sellos saltan el hombre descubre

la huella de sus antepasados.

 

El futuro es la sombra del pasado

en los rojos rescoldos

de un fuego venido de lejos,

no se sabe de dónde.

 

Cristina Peri Rossi.

Discurso de recepción del Premio Cervantes 2022


Marcela la pastora






Querido Diego, te abraza Quiela de Elena Poniatowska

«Todos los días esperábamos a amigos que regresaban del frente. Y fue entonces cuando noté que tenías le mal du pays, volteabas los ojos hac...